Contra Natura

‘Los demonios’ de Fíodor Dostoievski

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Dostoievski con su densa prosa nos introduce progresivamente en una historia que, conforme a su estilo, deshila la maraya que es la psicología de los personajes, pero a la vez nos habla de las ideas, la política y los revolucionarios. Es, en ocasiones, demasiado caricaturesco, hasta el extremo de rozar la comedia, casi produciendo un sentimiento de humor negro y sombrío en el lector. Pero sin embargo no hay que equivocarse, como otras obras de este aclamado y controvertido escritor, es una tragedia de pies a cabeza.

Como decía, fiel a su estilo, va desmigando la psicología de los personajes, en los que parece no haber término medio: al cabo son todo desquicio, pusilanimidad, repelencia malévola o humildad, tanto más da. Es la desfiguración total, cuasi teatral, con el propósito de denostar o ensalzar unos u otros atributos, o de despertar en el lector el odio, la compasión o el desconcierto, que el mismo Dostoievski hace propios a través del narrador. Y no sólo teatral en la caricaturización de los personajes, sino también en cómo se desenvuelve la trama, a veces cogida con pinzas, perdiéndose por los cerros de Úbeda en esa densidad a la que ya hacía alusión. Sin embargo, no hay que desestimarla ya que es de gran valor literario.

Este drama, o tragedia más bien, psicológica, tiene como idea subyacente el de la confrontación de los ideólogos y revolucionarios, el de los intelectuales de las más diversas clases, tanto moderados como radicales, con el deseo del pueblo llano. Dibuja así una profunda separación y desconocimiento de éstos (es decir, los intelectuales) entre y hacia el pueblo. Profuso eslavófilo, se arraiga a la tradición como remedio contra las ideas venidas del extranjero.

Así ya pasa por describir a todos los intelectuales como influidos por ideas venidas de a fuera (Europa), y que han dejado de entender, o incluso ni si quiera nunca llegaron a hacerlo, al pueblo ruso. Si bien en ese ámbito es casi teatral, de superlativa exageración de los caracteres y las posiciones que cada personaje sustenta, también se puede sacar en claro algunas cuestiones extrapolándolas a otras situaciones más verosímiles, por así decir.

Los dos principales personajes sobre los que se resuelve la trama son Pyotr Stepanovich (Verkhovensky en adelante) y Nikolai Vsevolodovich (Stavrogin en adelante). Hay dos historias paralelas que se ligan, pero que bien podrían haber sido escritas por separado. Por un lado está la trama política, basada en una historia real que conmociono al propio Dostoievski, de la que el causante es Verkhovensky, también basado en un personaje real (Sergey Nechayev); por el otro está la trama más psicológica del asunto de la cual el protagonista es Stavrogin.

Verkhovensky es hijo de Stepan Trofimovich, ya en esta relación se presenta la primera alegoría. Stepan Trofimovich es un pusilánime liberal, vanidoso y “viejo” intelectual, egoísta y algo poético, grandilocuente, incluso fantasioso. Mientras que su hijo (del cual se desentiende toda su vida y que deja a cargo de unos parientes de su fallecida esposa), es un nihilista, cínico y manipulador (que no duda de servirse de los demás para sus fines, viendo a los demás como despojos inútiles), que sin ninguna clase de remilgo nos pinta como repelente y repugnante con un desapego hacia los sentimientos o las emociones prácticamente inconcebibles incluso para el más frio de los hombres. En esta relación se hace referencia a la familiaridad de las ideologías, a su parentesco. Como unas son tergiversaciones de otras, enfatizaciones de unas determinadas ideas por encima de otras, a propósito incluso de la psicología del ideólogo.

Estas ideas son tomadas y descontextualizadas, mezcladas con otras, al placer del ideólogo en cuestión, de su percepción subjetiva, y entonces en ese popurrí nace una nueva forma de pensar. Así por ejemplo, Verkhovensky que a lo largo de la novela es caricaturizado como un mediocre, despliega su mediocridad en su pensamiento, tomando como punto de partida algunos valores del pensamiento de su progenitor, dice así por ejemplo: “¡Shigaliov es un genio! […] ¡Ha inventado la ‘igualdad’! […] Un alto nivel de ciencia y educación vale sólo para mentes excepcionales, ¡y las mentes excepcionales están de más! Las mentes excepcionales han alcanzado siempre el poder y han sido déspotas. […] en el rebaño habrá necesariamente igualdad (¡he ahí la doctrina de Shigaliov!).” dice Verkhovensky en pleno estado de embriaguez.

Es decir, se hace dueño de la idea de la igualdad y la deja volar hasta tal punto en que la mediocridad ha de ser lo justo: todos hemos de ser mediocres para ser iguales. Es la tergiversación de las ideas, es así como se construyen las ideologías. También apunta hacia esa relación de parentesco a la que hacía referencia. Dado el libertinaje del pensamiento en una sola dirección, se alcanzan los extremos por inercia. En este ejemplo, si se ensalza la igualdad hasta el extremo, se acaba por eliminar las diferencias naturales. Por último llega el radicalismo, en esa misma conversación se destapa Verkhovensky como un déspota. Para alcanzar su fin, para poder imponer el sistema, se ha de alcanzar el poder y antes destruirlo todo. Dice: “Proclamaremos la destrucción. […] Se encrespará el mar, y se derrumbará todo el falso cotarro. Y entonces nosotros pensaremos en cómo levantar el edificio de piedra.” Refiriéndose a él y a Stavrogin, a quien quiere utilizar como “salvador” del pueblo ante el libertinaje, cosa que éste negará o ignorará.

Es decir, el ideólogo es un déspota en potencia siempre, puesto que por la idea está dispuesto a hacer lo que sea. Pero esta idea ni si quiera es la idea pura que este cree, sino que es una deriva de su propia personalidad, de su forma de ser. Y cada cual que se acoge a la idea conforme mejor le viene a su personalidad, no es por tanto disociable la ideología como un ente imaginario de la personalidad y la psicología de aquel que la sustenta. Dostoievski lo muestra describiendo a los diferentes conspiradores, los cuales van desde filántropos como el propio Shigaliov (que llega a la conclusión irremediable de que para un 10% de la humanidad pueda vivir en igualdad el 90% restante ha de vivir en una suerte de esclavitud), u otros variopintos humanistas como Verginski, hasta truhanes irremediables y envidiosos como Liputin o payasos como Liamshin, que se ven envueltos poco a poco sin posibilidad de escapatoria dándose a la postre cuenta que aquello no es un juego.

También hace un guiño a la inocencia y furor juvenil, con los jóvenes estudiantes que hacen aparición en la reunión con ganas de acaparar atención. Pero sobre todo con Erkel, que hace una aparición tardía, un pobre diablo que “por la causa” es enredado y acepta sin más cualquier orden de Verkhovensky, viendo a este como una suerte de iluminado o elegido. Es la exaltación, o el buenismo, al que mucha juventud, con la mejor de las ideas, se ve arrastrada sin más a sostener posiciones radicales. Incluso manipulados para acometer acciones deleznables. Éste, aunque a medias, se ve expiado por el narrador y la mayoría del pueblo, por inocencia, aunque no da su pie a torcer en su promesa de no delatar a nadie, aun cuando todos ya habían cantado. Y todo por la causa.

Al final, Dostoievski, a través de Stepan Trofimovich, muestra cual es la realidad, alejada de aquellas ideas abstractas que sustentan tantos unos como otros. En su última aventura o excursión, emprendida por despecho de todo se descubre “la auténtica vida rusa” (o palabras similares dice); esto es, el campesinado. Todo se materializa entonces en un mundo extraño y casi surrealista para el viejo de Stepan Trofimovich. Sofya Matveyevna, una pobre desdichada retratada como un alma humilde y pobre vendedora de evangelios, hace las veces de redentora o más bien de confesora. De repente, aquel pobre idealista, después de toparse de bruces con la realidad, y ayudado por el delirio enfermizo, se ve arrastrado a ver cuál es el verdadero espíritu ruso. Creo que esta es una de las grandes lecciones de la novela, pero no desprovista sin embargo de controversia.

Para empezar, ¿hasta qué punto es este espíritu humilde e inocente con el que retrata al campesinado Dostoievski la mayoría? En aquel entonces puede que efectivamente fuese la mayoría, pero también relata descontentos en las clases pobres de la ciudad. Por ejemplo con el caso de la fábrica, el cual minimiza diciendo que tan sólo unos setenta obreros habían ido a protestar tras el despido (de un total de unos novecientos). Desde luego sería injusto también decir que retrata a toda la clase baja de la misma manera, ya que no deja de describir a algunos como gentuza.

Pero quizá esté yo aquí mezclando dos cosas, porque parece querer separar la clase baja en dos: el campesinado y aquella de la ciudad. De la de la ciudad salen muchos desgraciados, los cuales son participes de las fechorías cometidas en el festival de Iulya Mihailovna. Por supuesto muchos de los intelectuales participes en las reunión o en los diversos actos son también procedentes de estos diversos estamentos. No obstante, como ya dije, no retrata a todos por igual (ni en el carácter ni en las intenciones, que repito, van obviamente parejos), y aunque participes de ideas similares no todos parten de las mismas premisas: por ejemplo no todos llegan a la conclusión o son participes del socialismo por los mismos motivos, y a buen seguro se puede deducir por las descripciones que hace de los diversos personajes, muchos sean realmente filántropos.

Así pues, si se puede decir que muchos están en desacuerdo, y con derecho a estarlo, y otros en su humildad e inocencia prefieren conformarse, ¿con cuál de las dos posiciones nos debemos quedar? Porque parece ser, que con esta última aventura de Stepan Trofimovich, haciendo apología de su eslavofilia, Dostoievski nos quiere demostrar que ante todo, ha de aprenderse a respetar la verdadera personalidad del pueblo: su humildad, religiosidad y simplicidad. Ha de aprenderse a respetar por encima de las ideas intelectuales, muchas veces desapegadas de la verdadera sociedad. Es decir, las gentes quieren vivir así, y no necesitan ser salvadas por las ideas intelectuales. Pero a la vez esto queda contradicho con ciertos eventos, como el de la fábrica. No se puede negar que hay cierta problemática social, y que quizá los campesinos si quieran cambiar las cosas (algunas al menos).

Ciertamente las cosas han cambiado mucho, y las circunstancias son diferentes, pero creo que hay muchas conclusiones que se pueden sacar no obstante. Quizá querer ver caracteres diferentes en las diferentes sociedades sea querer ver demasiado. Es cierto que las culturas y aun diferencias biológicas pueden realzar más un tipo de personalidad u otra, pero las diferencias entre humanos, en lo esencial, es mínima. Por tanto se puede presumir que todas las sociedades tienden a lo mismo. Y Rusia mismo podría ser un buen ejemplo, por lo que después de Dostoievski llegaría a ocurrir, que ignorar las penurias de la gente, basándose en su humildad, no es una buena estrategia a largo plazo para nadie. Pero sin embargo cabe sacar otra conclusión, y es que la intelectualidad, los ideólogos, e incluso los idealistas, muchas veces se exceden en su afán, e incluso cuando nace éste de posiciones buenistas son capaces de ignorar la realidad social a la que pretenden salvar a toda costa, incluso por encima de la misma. Esto es tan aplicable hoy como lo era ayer o lo será mañana.

Aunque en realidad no es esta a la conclusión que Dostoievski quiere llegar, si es una que se puede extraer de su relato. Empero, la verdadera conclusión ya la había mentado de pasada: la del repugnante que a costa de todo está convencido, ignorando su propia personalidad, a llevar a cabo la idea despóticamente si así es necesario. Ese es el personaje de Verkhovensky: aquel que desea destruirlo todo para volverlo a recomponer según su idea, y utiliza cualquier método para conseguirlo. Y aun cree que él está en posesión de la verdad, que es el único entre toda aquella chusma capaz de comprender, el único hombre que “sabe cuál es el primer paso y cómo darlo” (sus propias palabras). Aquel que desbocado por su suprema idea, es capaz de llevarla a cabo, aun ignorando la realidad, porque cree saberlo todo aun cuando en realidad todo lo ignora.

En contrapartida a éste deleznable ser, está aquel que habiéndose despertado de su ensueño, ha conseguido hallar la verdad. Este personaje está encarnado por el atormentado y romántico Ivan Shatov. El cual llama a todos ignorantes en un momento temprano de la novela, les dice que no conocen verdaderamente a Rusia, ninguno de ellos. Y hasta tal extremo lleva su pensamiento, que a pesar de no creer en Dios, cree en él. Porque reconoce la religiosidad del pueblo ruso, y por lo tanto debe abrazar la tradición de éste. A esa misma conclusión es a la que al final llega Stepan Trofimovich (no me refiero exclusivamente a lo de Dios, en lo cual podría haber algo más, sino a aceptar el carácter ruso). Es el otro extremo, el que a pesar de no creer en ello, se acaba convenciendo para creer en ello, porque así debe ser.

Aunque claramente Dostoievski toma partida por uno de los dos extremos, sin duda está convencido de ver la realidad tal como es. Pero quizá lo que haga no sea realmente esto, sino tomar partida por el más débil (representado aquí por el campesinado) y humilde. Aunque es algo sin duda noble, no hay que olvidar que no es esta la realidad completa. Y por lo tanto no hay que ignorar entonces, aquellas partes disconformes, porque si no se puede acabar por ayudar involuntariamente a que el Verkhovensky de turno, alcance sus majaderos propósitos.

Hasta aquí la discusión de la parte política de la novela, a continuación la trama psicológica.

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Written by Nacho

marzo 3, 2008 a 4:48 pm

3 comentarios

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  1. ¿Y la trama psicológica?

    Klamm

    abril 1, 2009 at 8:27 pm

  2. muy bueno

    Anónimo

    mayo 4, 2010 at 12:12 am

  3. Knoc, knoc… ¿Estás ahí…?

    Carlos S.

    mayo 31, 2010 at 9:40 am


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