La filosofía como juego semántico
¿Permite la filosofía alcanzar la verdad? No.
La filosofía no es un método por el cual se pueda alcanzar la verdad de la realidad. Es por esto que la filosofía desde sus “comienzos” ha avanzado en círculos. Toda filosofía que intente alcanzar una verdad sobre el mundo falla estrepitosamente. La filosofía, se construye sobre la lógica o sobre el lenguaje, y por esto tiene unas limitaciones inherentes a su propio sistema de construcción. Está claramente limitada por la forma en que se construyen las mismas herramientas de construcción, la lógica y el lenguaje.
La lógica y el lenguaje no pueden afirmar nada cierto sobre el mundo, porque todo sistema lógico y lingüístico es cerrado. Pero a la vez toda lógica y todo lenguaje parten de una proposición, de una observación del mundo, de una proposición creada a partir de la percepción. Sin embargo esto no significa que puedan alcanzar ninguna verdad más allá de la misma proposición. Sólo pueden alcanzar verdades conforme a un conjunto de proposiciones que conocemos empíricamente. Es decir, de dos hechos reales A y B, no se puede alcanzar un hecho C que no hallamos antes relacionado empíricamente creando así una proposición constatada entre A, B y C.
Si la filosofía no nos puede permitir alcanzar verdades fuera de un sistema cerrado, ¿es esto el fin de la filosofía? No, puesto que la filosofía si nos puede permitir alcanzar verdades dentro del propio sistema cerrado. Esto es claro en las matemáticas, donde a partir de un sistema axiomático, se pueden construir verdades pertenecientes al sistema cerrado.
La filosofía debe entonces limitarse a resolver las verdades del sistema cerrado: del lenguaje y la lógica y los derivados de las mismas. Esta cuestión no es baladí, precisamente el lenguaje y la lógica (o ambas una misma cosa) son de hecho el pensamiento, y el pensamiento es el Yo.
Entonces la filosofía debe ocuparse del yo, y todo lo que tenga que ver con este. De la actuación consciente y de cómo la actuación consciente puede conocer el mundo. Pero no debe ocuparse del conocimiento del mundo directamente, sino sólo por la cuestión de cómo es posible este conocimiento, o si es posible después de todo, y de los actos voluntarios y del mismo fenómeno de la voluntad.
La filosofía debe así ocuparse de todo lo que es producto del yo, debe ser un análisis de las construcciones abstractas de ese yo: de los asuntos internos de la mente y de aquello que la mente construye. Lo que la mente construye es la sociedad, el Yo que es producto de él mismo y del lenguaje, ya que es pensamiento. Todo análisis de la moral, o del constructo ficticio de esta, y por extensión de la sociedad, ya que la moral si existe es por culpa de esta. Todo análisis de la mente, y del propio lenguaje con el que se construye la mente. Y todo análisis de la epistemología, o la anti-epistemología, de las limitaciones, y de cómo se puede conocer o si se puede conocer la realidad a pesar de los límites inherentes a la mente. Como misteriosamente parece ser que podemos conocer la realidad empíricamente, o si esto es sólo una ilusión. Todo esto es objeto de filosofía.
Se debe entonces abandonar de una vez toda pretensión metafísica y entender la imposibilidad de responder las grandes preguntas, al menos del modo en el que se ha venido intentando durante milenios. Sino tan sólo se seguirá avanzando en círculos. La estética parece ser un caso particularmente interesante, que se cruza y tiende en ambas direcciones (al menos en algunas de sus cuestiones), ya que se percibe pero a la vez requiere de un juicio interno subjetivo y mental (inconsciente, por otra parte), dada la ambigüedad debería ser al menos investigado, pero con cautela. La epistemología, y todas las “filosofía de …” que se nos ocurran deberán ser investigadas o no tanto en cuanto se puedan o no reducir al contexto de coherencia sistémica interna, reducibles al ámbito lógico-lingüístico. En el caso de estar a caballo entre lo físico y lo imaginario, o más bien aquello producto del lenguaje, entonces se deberá proceder con cautela, y sobre una base empírica.
Lo que debe proceder es la base empírica en todo caso, ya que esto es lo que existe y es, por el contrario de lo que es creado y no existe, sino es tan sólo una ilusión.
La filosofía así, entendida de la forma en que se ha entendido tradicionalmente, se supera y da paso a la nueva filosofía, aquella que conoce las propias limitaciones y en la cual la voluntad, el deseo del conocimiento absoluto, ha muerto. La muerte del deseo conduce a una nueva filosofía, aquella que se hace consciente de la falta de la concreción de las ideas, y por lo tanto de la superación de la limitación de las mismas. Ya que toda creación de la mente que no tenga correspondencia empírica carece de un valor objetivo, la superación de la metafísica supone la superación de cualquier planteamiento derivada de la misma, de la necesidad de una moral absoluta. Esto supone la liberación del anclaje a la naturaleza, y de la construcción de un nuevo fin: el hombre por el hombre, y el ser, el pensamiento como su propio fin, liberado del deseo metafísico.
Este es el fin de la filosofía, una reconversión a una suerte de antropología, la filosofía tras el abandono de la metafísica se funde en un pragmatismo, una psicología de la mente consciente, del pensamiento, una iluminación interna fuera del dogma, el asumir el sinsentido como principio y la construcción del hombre en sí mismo. El reconcilio con la naturaleza en un principio, para una comprensión más profunda de si, y la posterior superación de la misma. La filosofía como camino a la suplantación de la determinación, como afirmación de la voluntad, como herramienta para la elaboración de una sociedad, sin ideologías y sin morales.
Muerto el juego de la semántica, el enredo inconsciente, eliminada la pulsión hacia lo irracional, destruida la inconsciencia metafísica, sólo quedan los hechos, y sobre estos hechos, se erigen nuevas cuestiones que sí son resolubles, y se crea un vacío que debemos construir, por encima de las ilusiones y de la vanidad, que debemos ocupar de algún modo, sin accesorios, algo que resulta tan obvio que se ha pasado por alto, o cuando ha surgido, simplemente no ha calado por su obviedad.
La vanidad, aquello innecesario y accesorio, aquello que fluye en el aire de la inconsciencia irracional, de la sociedad, de la deriva, de la no claridad, y de la semántica. La ilusión, esto que creemos poder conocer, esto que pretendemos poder racionalizar, esto que sin más creemos pensar racionalmente, pero en realidad sólo es un deseo, una pretensión que surge de las entrañas sin que podamos atraparlo y cohibirlo.
Lo obvio, lo resultante de nuestro ser: la causa de nosotros mismos, aquello que nos da paz y nos tranquiliza cuando hemos superado la vanidad y la ilusión. Nuestro sino real, que inconscientemente tendemos a ignorar. Lo obvio, aquello que sin más nos despierta, nos aturde en un principio para posteriormente recorrer cada recóndito rincón de nuestro ser, que nos permite abrir los ojos.
no estoy muy de acuerdo con lo que plantean, ademas pienso que la filosofia si busca respuestas para las interogantes que se plantean. y de esta manera obtener la verdad.
ingris
Septiembre 12, 2008 a 11:57 pm
Algo no está bien por aquí: ¿estás o no estás? Pasa algo raro al linkarte en mi “área de especiales”. En todo caso, un saludo.
Carlos S
Marzo 13, 2009 a 3:34 pm