Contra Natura

Aristóteles para tiempos oscuros (II)

Publicado en Pensamiento by Nacho en Enero 26th, 2008

Otros de los aspectos de Aristóteles que comentaré, después de haber hablado superficialmente de su carácter de hombre racional, equilibrado, y haberme desviado a comentar la concepción del “alma” y el dualismo que tiene su raíz en parte en aquel entonces, son su carácter sistemático-metodológico, científico, su realismo pragmático sin negar la posibilidad de mejora, su no-misticismo, y su criticismo.

Como todo ello está ligado y es derivado de su carácter racional, todo se puede tratar conjuntamente, pero como por algún lado hay que comenzar, lo haré por su realismo pragmático. Aristóteles, al igual que muchos otros griegos, creía que la vida debía ser vivida para alcanzar la eudaimonía, con esta como objetivo, es decir, con la felicidad. Esto aparentemente tan simple, hoy en día se le ha olvidado a mucha gente, que vive conforme a la necesidad, una obligatoriedad de deberes creados que no conducen a ninguna parte, son callejones sin salida, y erráticamente conducen a la infelicidad una y otra vez, es la falta de objetivo de la que ya hablé otro día; pero aunque si se examina la historia se observa que en todas las sociedades siempre ha ocurrido algo similar, no deja de ser inmensamente curioso, que en la actualidad, justamente cuando más fácil debería ser para los occidentales alcanzar esa felicidad, es cuando más desviaciones y afecciones psicológicas se producen, en vez de reducirse se han incrementado, y esto por fuerza mayor ha de significar algo, obviamente.

A pesar de esto, como hombre realista que era, sabía de las diferencias entre los hombres y que no todos buscaban la felicidad de igual modo, así elaboró una serie de escritos que luego serían compilados en lo que conocemos como la fantástica obra “Ética a Nicómaco”. De todas las obras de Aristóteles, esta es sin duda la más vigente, en ella se esgrime la virtud, y con una elegancia y simpleza propias de un sabio y maestro, trata, sin necesidad de entender ninguna metafísica ni su sistema, como alcanzar la plenitud de la eudaimonía, la búsqueda de la misma mediante la virtud, la virtud como el propio fin. Lo bueno de la ética es que tiene una fundamentación empírica, y que se puede comprobar en las propias carnes: la felicidad de la persona. Así que como cura al nihilismo, en vez de proponer “el poder” de Nietzsche, se puede contraponer “la virtud” alcanzable mediante “la razón” de la tradición socrática. Nietzsche que niega todo conocimiento posible, nos impone su verdad, la del poder, ¿pero por qué hemos de aceptar su verdad? Podemos bien construir la nuestra propia, porque esta es su verdad, pero no es la verdad, tal vez porque no hay la verdad como él bien sabía. Entonces ha de ser una verdad útil, aquella que nos conduce en definitiva, a la felicidad; Nietzsche era un genio, pero un genio idiota, un pobre infeliz que ante la “muerte de Dios” y el advenimiento del nihilismo no supo construir otra verdad que aquella producto de su imaginería onírica inconsciente. No nos dejemos entonces arrastrar por ella, y seamos conscientes de que la felicidad no tiene porque ser la que se alcanza con el poder, sino con la virtud entendida esta como la razón. En este sentido estamos más allá del bien y del mal, de la moral, pero porque la virtud se materializa en el perfecto equilibrio estático y la razón per se.

Si el mundo es en apariencia irracional, y nos hemos de guiar por esto, ¿de dónde se deduce que no hayamos de construir nuestro fin como la virtud? En este sentido, la virtud se ejercita mediante la razón pero no sólo esto, supone esta comprensión profunda de nuestro ser y la templanza del mismo: la templanza entre las pulsiones irracionales y las racionales. Construyo un propio fin y destino entonces, pero mi destino es la virtud, entendiendo esta como lo anterior, y mi destino es el conocimiento. Aunque sea fútil buscar la comprensión de la realidad, el conocimiento, esta búsqueda irracional junto con la propia virtud que dirige mi vida, son mi fin. Este es mi vitalismo: una mayor conciencia de la realidad, mediante la razón, y la búsqueda de la virtud, como templanza. En este sentido estoy más allá del bien y del mal, y tan sólo mi fin aunque sea en parte irracional, construido por mí mismo, me permiten alcanzar una paz mayor, una tranquilidad existencial, y una mayor comunión con la materia, de la que estoy hecho y de la que formo parte. De la realidad.

Aunque esta sea una divagación propia, y que no tenga porque concordarse con Aristóteles ni mucho menos, es una observación del perenne concepto de la virtud, la búsqueda de la felicidad y la razón como conceptos vigentes, aún en un contexto post-metafísico y habiéndolo superado. No son por lo tanto conceptos desechables ni mucho menos, sino que ahora más que nunca, a pesar del escepticismo y el nihilismo dominantes, son un arma muy poderosa para dotar de sentido a la existencia, la búsqueda irracional de la razón en la realidad, aunque esta sea inalcanzable, y una ética superior basadas en la templanza del yo.

Volviendo a Aristóteles, su realismo pero actitud crítica y de mejora le llevo a escribir ampliamente sobre política, no descuidando, de esta forma, no sólo las cuestiones trascendentales o las naturalezas corpóreas, sino la dimensión social del hombre y como esta debe ser modulada. En este sentido cabe destacar su concepción del Estado, este ha de “producir” los mejores hombres posible; y un estado será mejor en la medida que permita al hombre alcanzar mayor felicidad. Así aunque el estado es un fin en sí mismo, también es un medio. Por lo tanto no es una servidumbre del ciudadano hacia el estado sin más, sino que esta revoca al ciudadano en algo: una mayor consecución de la felicidad. Si no hay esta repercusión, entonces hay algo que falla. Por otra parte la estructura en la práctica de la que habla Aristóteles tiene poco que ver con la estructura moderna de los estados actuales. El hecho de la consideración de los tamaños del estado (entonces las polis) es ya un hito importante a tener en cuenta. ¿En qué medida se puede considerar una verdadera democracia el sistema actual en comparación con las democracias de entonces? ¿Es posible una verdadera democracia con la estructura de los estados actuales? En realidad vivimos más en una mezcla de aristocracia-oligarquía de facto que en una democracia. Aunque no quiero meterme en harina de otro costal y profundizar en el tema político.

Por otra parte tenemos su carácter sistemático. Esto le llevo a tratar una gran multitud de temas y ligarlos de forma coherente, de hecho es el primer gran sistema filosófico de la historia (al menos heredado). Este carácter sistemático se ve proyectado (o es una proyección de) en su actitud crítica (y su lógica) y probablemente científica (fue uno de los primeros biólogos, y un gran botánico, además de tratar la física). En este sentido permanece apegado a la Tierra, después de un aprendizaje y una maduración de su pensamiento, pudo y supo criticar el pensamiento anterior de su maestro, Platón, superándolo. No cayó entonces en ninguna clase de dogmatismo y utilizando la razón intento aproximarse lo más posible a la verdad (cosa que hizo sin duda, ya que desde la perspectiva moderna, es visible que él estaba más en lo cierto que parte de sus antecesores).

Ciertamente hay mucho que tratar sobre su pensamiento, y se puede releer de diversas maneras. No es del todo inútil ni mucho menos desde un punto de vista moderno, pero como ya dije, no es esto lo más valido en la actualidad de su pensamiento, sino su actitud, precedente del pensamiento actual, y una guía de la que es bueno no desviarse con demasía. Debemos entonces actuar igual que él lo hizo: con racionalidad y templanza, pero sin negar la realidad de nuestra naturaleza (que él percibió profundamente), debemos guiarnos por la virtud y la felicidad. Debemos ser sistemáticos, puesto que aunque la construcción de grandes sistemas de pensamiento sea dificultosa sino imposible ya hoy en día, esto no conlleva que no podamos aplicar cierta sistemática para dotar de coherencia a nuestro pensamiento y ordenarlo, porque si no estamos abocados a la distorsión y a una visión turbia y ofuscada de la realidad. Debemos ser, en cierto modo, realistas, tanto en cuanto esto nos permite afrontar mejor las circunstancias y observar los problemas inmediatos, pero en este punto tengo mucho más que hablar ya que esta afirmación puede llevar a engaño, así que tan sólo es una afirmación parcial, si tal cosa es posible, hasta que lo aclare en más profundidad. Debemos ser científicos, no podemos negar, aunque sea una validez parcial, a nuestro conocimiento científico, aunque este no sea total es lo más objetivo y empírico que tenemos y por lo tanto lo más veraz, aunque sea contingente. Saber de la contingencia de todo nuestro conocimiento de la realidad nos impulsa por otra parte a ser críticos y metodológicos, como única manera de superar cualquier dogma y progresar, aunque este progreso nunca llegue a su fin y sea inagotable.

En definitiva, esta forma de pensar y presentarse en la vida, nos permitirá diferenciar a charlatanes de auténticos, en ciencia, filosofía o sociedad. Nos permitirá desenmascarar a aquellos que intentan manipularnos y vendernos una realidad que no es tal. Nos permitirá acercarnos más a la verdad. Y en definitiva nos permitirá acercarnos más a una vida más digna. De este modo entonces, hay que leer a Aristóteles, para sacar aquello correcto de su pensamiento, pero no sólo a él sino a cualquier otro, de la misma manera que él lo hubiese hecho.

Aristóteles para tiempos oscuros (I)

Publicado en Pensamiento by Nacho en Enero 25th, 2008

En estos tiempos es importante leer a Aristóteles, digo Aristóteles como podría decir muchos otros, pero he elegido Aristóteles por varios motivos.

Quizá en términos modernos, teniendo en cuenta la ciencia y sociedad moderna, Aristóteles nos parezca caduco y desfasado, pero se puede releer de muchas formas, de ahí lo imperecedero de su pensamiento. Aunque no es esto lo que más me llama la atención de él, sino ciertas características psicológicas que nos dicen mucho de cómo afrontar las cosas, y en parte también su propia mirada hacia la psicología (su concepción de la psique).

Primero, es el estereotipo de hombre racional, por encima de sus impulsos. A la vez, es un hombre equilibrado y templado, él mismo ponía mucho énfasis en el punto medio (está la virtud), así que a pesar de ser razonado no negaba la pasión y el romanticismo (por decirlo de alguna forma) inherente al hombre, desde un punto de vista moderno se sabe que ambas naturalezas tienen su origen en la fisiología del cerebro y el aparato neuroendocrino y negar esto es suicida y sólo puede que crear desajustes psicológicos. Este impulso a veces irracional, este romanticismo, es lo que Freud denominó ello, pero contrariamente a lo que Freud creía, el ello y el superyó no son diferentes, forman parte de una misma naturaleza. No se sabe con exactitud, pero muy probablemente la ética connatural tenga orígenes irracionales y atribuibles al mismo aparato fisiológico al que Freud atribuía las pulsiones (que él redujo a las pulsiones sexuales, en un ejercicio de reduccionismo un tanto ingenuo por otra parte). Este aparato es el cerebro reptiliano, primigenio, y en gran medida modulado por neurotransmisores. Por otra parte tenemos nuestro gran computador, la neocorteza, la casa de la razón y de la conciencia (el yo de Freud).

Conocer esto es el primer paso hacia una vida más sana y equilibrada, y Aristóteles, a su manera, lo sabía. Platón en su mito del carro alado nos habla de los tres tipos de almas, y caracteriza a los hombres por estos tres tipos, los hombres que tiran más del neocortex, que lo procesan todo y lo racionalizan, son aquellos en los que su alma racional (el auriga) es la más imperante. Aquellos más impetuosos pero movidos por sentimientos altivos como el honor son los que poseen un alma irascible, esta clase de personas son conducidas ya más por su cerebro reptiliano y sobre todo por ciertos neurotransmisores, y por último está la dimensión que se identifica con el ello de Freud, los deseos irreprimibles, aquellos en los que prima este comportamiento que no utilizan demasiado el neocortex. Por supuesto todo esto es una simplificación, pero es suficiente para ilustrar la cuestión. Lo curioso de todo esto es ver cuan equivocado estaba Platón: el auriga no es la razón, sino más bien los dos caballos son los que tiran del auriga, y estos dos caballos en realidad no son más que uno, pero este caballo tendrá un carácter u otro dependiendo de varios factores epigenéticos.

Así, replanteo la metáfora de Platón de otro modo: el alma (luego hablaremos de que es esto del “alma”) es la unidad, es el jinete que galopa con su caballo, pero no es el jinete el que dirige este caballo impetuoso, sino es muchas veces más bien el caballo el que decide su destino. El jinete (que es la percepción consciente de uno mismo y las circunstancias) y el caballo (las pulsiones “irracionales” o inconscientes de la naturaleza) se hallan en constante lucha, y ambos tiran a la vez en direcciones contrarias. La persona más racional es aquella en la que el jinete suele dominar al caballo, y la persona irracional es aquella en la que el caballo domina al jinete. El punto medio de Aristóteles se puede encontrar en el cariño entre el jinete y el caballo. Si ambos se tienen cariño, y se conocen y respetan, entonces ambos encontrarán el camino más fácilmente. Aunque a veces disientan, se podrán de acuerdo con mayor simplicidad; y cuando disientan, les será más fácil tanto encontrar el camino de nuevo, como respetarse mutuamente. Ahora bien, hasta qué punto es posible ejercitar este conocimiento mutuo entre las dos realidades de nuestra naturaleza, me es imposible contestar. Se sabe todavía muy poco sobre qué facetas de la personalidad y el carácter son fenotipos, y en qué grado interactúan con el ambiente (cuál es la regulación subyacente al proceso); pero aunque parezca difícil de creer, tener conocimiento de que esto es así, ser consciente del funcionamiento de nuestra “alma”, es un paso para lograr el punto medio.

Bien, continuando con Aristóteles, este desechó en gran medida todo lo que Platón había dicho acerca del alma, su doctrina. Y planteó un modelo que estaba infinitamente más cercano a la realidad que el de Platón. En un primer momento desecho el dualismo de Platón. Hasta que punto esto es importante es inimaginable. Encontró un apoyo racional en su sistema metafísico para ello, pero en cualquier caso desechar la desvinculación del alma y la materia es algo capital. No cabe atribuir el mérito tan sólo a Aristóteles en este sentido, la importancia de los presocráticos es vital, pero desconozco sus escritos en profundidad (y es poco lo que ha llegado a nuestros días por otra parte, y muchas veces por boca de otro) y no fueron tan sistemáticos como Aristóteles (otra de sus grandes virtudes, de las que hablaré más tarde).

En este sentido destacaría a Tales, como iniciador de todo este embrollo, cuyos pensamientos implican la negación del dualismo al ser todo reducible a la materia. Luego vino Pitágoras y fue el que comenzó todo el lio que nos ha durado hasta nuestros días: la enfermedad (porque es una maldita enfermedad) del dualismo. El dualismo implica muchas cosas, tantas que tratarlo ahora me llevaría demasiado tiempo, pero de modo somero luego realizaré algunos comentarios. Que Pitágoras y los pitagóricos se inventarán el dualismo es una consecuencia lógica de su forma de pensar, si idealizas la idea del número y las matemáticas. Si entitizas las matemáticas (sobre la filosofía de las matemáticas trataré en otro momento), ¿cómo no entetizar el pensamiento, cosa en apariencia mucho más lógica? El alma, la psique, es una consecuencia de entetizar el pensamiento. El pensamiento se abstrae y se concretiza en un ente al que llamamos alma, un ente a parte del mundo material. El dualismo es la gran mentira de la humanidad, y muy dañina, pero como digo, ya hablaré sobre esto a su debido momento.

Después de Tales destacaría a Alcmeón, que estudió la percepción y realizó disecciones, además de situar el pensamiento en el cerebro y a Empédocles que también realizó sus teorías sobre la percepción, además de fundar el empirismo (el empirismo es una de esas consecuencias del dualismo, aunque esto sea simplificarlo excesivamente, y ya será tratado ulteriormente). Aunque no hablaran sistemáticamente sobre el alma (pero si realizarón consideraciones como el determinismo, o la habilidad de la razón para penetrar la realidad) soy fan de Leucipo y Demócrito, esta gente eran unos verdaderos lumbreras y su acercamiento a la realidad es el más moderno de todos, aunque escaso; así que no tengo más remedio que nombrarlos. Mi identificación con Demócrito es profunda, y creo que no tuvo el impacto suficiente posteriormente, tampoco me puedo aferrar completamente a su doctrina ética, pero creo que es un nombre que debe ser honrado.

Como ya me desvío en demasía del tema, retornaré a los cauces. No considero a los sofistas ni a Sócrates porque desconozco bien lo que decían a cerca del alma (o si decían algo), pero al menos Sócrates me parece un dualista más que otra cosa (es una deducción lógica de su forma de pensar, puesto que si existen las ideas, ¿por qué no ha de existir el alma? El mismo caso que Pitágoras). El resto es historia, Platón, del cual ya conocemos su pensamiento y luego Aristóteles. En Aristóteles no acaba la historia por supuesto, pero por algún lado he de cortar, y como he empezado hablando de Aristóteles, en Aristóteles he de acabar.

Vuelvo a donde lo deje: él vuelve a vincular el alma a la materia y realiza un considerable esfuerzo en dar una explicación al alma, que como dije, es más cercana a la realidad que la que propuso Platón. Empero, es insuficiente, habiéndose establecido el dualismo con anterioridad, yace un poso en el pensamiento que es el alma, aunque Aristóteles intenta reconciliar el alma con la materia y con su sistema metafísico, no puede eliminarla, porque ya tiene una concepción de la misma. No se vuelve así a las consideraciones de Tales o Demócrito, sino que, por otra parte no tan ilógicamente, se percibe la necesidad de la psique. Digo que no tan ilógicamente porque las conclusiones de Tales y Demócrito, aunque adelantadas a su tiempo en milenios y producto de una singular genialidad, tampoco son tan perceptibles a simple vista. Aristóteles no es irracional al asumir el alma, y de hecho es enteramente racional al intentar reconciliarla con la materia, no cae en el “platonismo” de Platón, perdón por la redundancia, que tiene su origen en Pitágoras.

El resto ya se sabe, no considero la etapa helénica porque su impacto en el pensamiento posterior en cuanto a la arquitectura y ontología del alma es mucho menor. En principio todo se baso en Aristóteles y Platón, y las interpretaciones variaban conforme a la doctrina eclesiástica del momento. En algún momento se consideró al alma y cuerpo como unívocamente unidos, como realmente lo consideraba Aristóteles. Pero claro, llega un momento en que lo de la muerte y resurrección de la carne no cuela, y parece que hay que volver a las andadas y separar alma y cuerpo (que serán unidos de nuevo después del juicio). No sé hasta qué punto estoy en lo cierto o en lo erróneo, pero fuera como fuese, hemos llegado con el problema heredado del monismo contra dualismo a nuestros tiempos. Por supuesto, si preguntas a un filósofo de la mente, neurocientífico (y psiquiatras, neurólogos) y en menor medida los psicólogos (pero me gusta cree que también, y como estudiante de psicología al menos yo lo creo con fortaleza), la mayoría apuestan por el monismo (aúno bajo este nombre una gran multitud de teorías por supuesto, pero que en su esencia no piensan que exista un alma aparte de la materia). Pero la cuestión no es que los especialistas de la materia lo sepan, sino lo que la inmensa mayoría de la población piense, y por desgracia el dualismo es el pensamiento imperante. Yo diría que incluso entre ateos y agnósticos hay bastantes dualistas a su modo, pero es que la religión necesita del dualismo para explicarse (que no “Dios”, como bien podría ser el motor inmóvil de nuestro Aristóteles, o el Dios de Espinoza y Einstein). Y ahora comprenderéis porque digo que es un gran mal, aunque no sólo por la religión, sino por otros problemas a los que ha dado lugar de corte filosófico (ontológicos) y epistemológico, que sería demasiado largo de tratar y lo dejo para otra ocasión.

En vez de seguir por la línea de Aristóteles e intentar acercarla a la de Demócrito o Tales, se ha intentado hacer lo contrario, cada vez desvincular más el alma de la materia. Aquellos que intentaron rechazar el dualismo siguieron en gran medida con el estigma del dualismo, lo cual hace concebir a la persona como una realidad distinta de la realidad a la que pertenece (y esto, por extensión, da lugar a los problemas de corte filosófico-epistemológico, como ya he dicho). Dejemos de lado esto y dirijamos nuestras miradas a otros aspectos de nuestro querido Aristóteles.

Aunque antes quiero realizar una puntualización. Aunque los haya apuntado con el dedo (a Pitágoras y Platón), ni mucho menos les echo la culpa de todo el embrollo y todos los males. El espiritualismo, y la concepción del alma como una entidad real, no es culpa tan sólo de ellos. De hecho, estoy plenamente convencido que tiene una explicación científica arraigada en nuestro inconsciente, en este cerebro reptiliano que interactúa con nuestra otra mitad, la neocorteza, y ya es sabido que los antropólogos han encontrado muestras ancestrales de comportamiento religioso, tan antiguas como nuestra especie. (Continuará…)

La filosofía como juego semántico

Publicado en Pensamiento by Nacho en Enero 20th, 2008

¿Permite la filosofía alcanzar la verdad? No.

La filosofía no es un método por el cual se pueda alcanzar la verdad de la realidad. Es por esto que la filosofía desde sus “comienzos” ha avanzado en círculos. Toda filosofía que intente alcanzar una verdad sobre el mundo falla estrepitosamente. La filosofía, se construye sobre la lógica o sobre el lenguaje, y por esto tiene unas limitaciones inherentes a su propio sistema de construcción. Está claramente limitada por la forma en que se construyen las mismas herramientas de construcción, la lógica y el lenguaje.

La lógica y el lenguaje no pueden afirmar nada cierto sobre el mundo, porque todo sistema lógico y lingüístico es cerrado. Pero a la vez toda lógica y todo lenguaje parten de una proposición, de una observación del mundo, de una proposición creada a partir de la percepción. Sin embargo esto no significa que puedan alcanzar ninguna verdad más allá de la misma proposición. Sólo pueden alcanzar verdades conforme a un conjunto de proposiciones que conocemos empíricamente. Es decir, de dos hechos reales A y B, no se puede alcanzar un hecho C que no hallamos antes relacionado empíricamente creando así una proposición constatada entre A, B y C.

Si la filosofía no nos puede permitir alcanzar verdades fuera de un sistema cerrado, ¿es esto el fin de la filosofía? No, puesto que la filosofía si nos puede permitir alcanzar verdades dentro del propio sistema cerrado. Esto es claro en las matemáticas, donde a partir de un sistema axiomático, se pueden construir verdades pertenecientes al sistema cerrado.

La filosofía debe entonces limitarse a resolver las verdades del sistema cerrado: del lenguaje y la lógica y los derivados de las mismas. Esta cuestión no es baladí, precisamente el lenguaje y la lógica (o ambas una misma cosa) son de hecho el pensamiento, y el pensamiento es el Yo.

Entonces la filosofía debe ocuparse del yo, y todo lo que tenga que ver con este. De la actuación consciente y de cómo la actuación consciente puede conocer el mundo. Pero no debe ocuparse del conocimiento del mundo directamente, sino sólo por la cuestión de cómo es posible este conocimiento, o si es posible después de todo, y de los actos voluntarios y del mismo fenómeno de la voluntad.

La filosofía debe así ocuparse de todo lo que es producto del yo, debe ser un análisis de las construcciones abstractas de ese yo: de los asuntos internos de la mente y de aquello que la mente construye. Lo que la mente construye es la sociedad, el Yo que es producto de él mismo y del lenguaje, ya que es pensamiento. Todo análisis de la moral, o del constructo ficticio de esta, y por extensión de la sociedad, ya que la moral si existe es por culpa de esta. Todo análisis de la mente, y del propio lenguaje con el que se construye la mente. Y todo análisis de la epistemología, o la anti-epistemología, de las limitaciones, y de cómo se puede conocer o si se puede conocer la realidad a pesar de los límites inherentes a la mente. Como misteriosamente parece ser que podemos conocer la realidad empíricamente, o si esto es sólo una ilusión. Todo esto es objeto de filosofía.

Se debe entonces abandonar de una vez toda pretensión metafísica y entender la imposibilidad de responder las grandes preguntas, al menos del modo en el que se ha venido intentando durante milenios. Sino tan sólo se seguirá avanzando en círculos. La estética parece ser un caso particularmente interesante, que se cruza y tiende en ambas direcciones (al menos en algunas de sus cuestiones), ya que se percibe pero a la vez requiere de un juicio interno subjetivo y mental (inconsciente, por otra parte), dada la ambigüedad debería ser al menos investigado, pero con cautela. La epistemología, y todas las “filosofía de …” que se nos ocurran deberán ser investigadas o no tanto en cuanto se puedan o no reducir al contexto de coherencia sistémica interna, reducibles al ámbito lógico-lingüístico. En el caso de estar a caballo entre lo físico y lo imaginario, o más bien aquello producto del lenguaje, entonces se deberá proceder con cautela, y sobre una base empírica.

Lo que debe proceder es la base empírica en todo caso, ya que esto es lo que existe y es, por el contrario de lo que es creado y no existe, sino es tan sólo una ilusión.

La filosofía así, entendida de la forma en que se ha entendido tradicionalmente, se supera y da paso a la nueva filosofía, aquella que conoce las propias limitaciones y en la cual la voluntad, el deseo del conocimiento absoluto, ha muerto. La muerte del deseo conduce a una nueva filosofía, aquella que se hace consciente de la falta de la concreción de las ideas, y por lo tanto de la superación de la limitación de las mismas. Ya que toda creación de la mente que no tenga correspondencia empírica carece de un valor objetivo, la superación de la metafísica supone la superación de cualquier planteamiento derivada de la misma, de la necesidad de una moral absoluta. Esto supone la liberación del anclaje a la naturaleza, y de la construcción de un nuevo fin: el hombre por el hombre, y el ser, el pensamiento como su propio fin, liberado del deseo metafísico.

Este es el fin de la filosofía, una reconversión a una suerte de antropología, la filosofía tras el abandono de la metafísica se funde en un pragmatismo, una psicología de la mente consciente, del pensamiento, una iluminación interna fuera del dogma, el asumir el sinsentido como principio y la construcción del hombre en sí mismo. El reconcilio con la naturaleza en un principio, para una comprensión más profunda de si, y la posterior superación de la misma. La filosofía como camino a la suplantación de la determinación, como afirmación de la voluntad, como herramienta para la elaboración de una sociedad, sin ideologías y sin morales.

Muerto el juego de la semántica, el enredo inconsciente, eliminada la pulsión hacia lo irracional, destruida la inconsciencia metafísica, sólo quedan los hechos, y sobre estos hechos, se erigen nuevas cuestiones que sí son resolubles, y se crea un vacío que debemos construir, por encima de las ilusiones y de la vanidad, que debemos ocupar de algún modo, sin accesorios, algo que resulta tan obvio que se ha pasado por alto, o cuando ha surgido, simplemente no ha calado por su obviedad.

La vanidad, aquello innecesario y accesorio, aquello que fluye en el aire de la inconsciencia irracional, de la sociedad, de la deriva, de la no claridad, y de la semántica. La ilusión, esto que creemos poder conocer, esto que pretendemos poder racionalizar, esto que sin más creemos pensar racionalmente, pero en realidad sólo es un deseo, una pretensión que surge de las entrañas sin que podamos atraparlo y cohibirlo.

Lo obvio, lo resultante de nuestro ser: la causa de nosotros mismos, aquello que nos da paz y nos tranquiliza cuando hemos superado la vanidad y la ilusión. Nuestro sino real, que inconscientemente tendemos a ignorar. Lo obvio, aquello que sin más nos despierta, nos aturde en un principio para posteriormente recorrer cada recóndito rincón de nuestro ser, que nos permite abrir los ojos.

Proyectos de computación distribuida

Publicado en Ciencia by Nacho en Enero 19th, 2008

Tras tal empacho de filosofía (ironía fina) no viene mal algo más concreto. Bromas a parte…

No pretendo hablar de lo que es la computación distribuida ni de los innumerables proyectos que hay. Pero como cualquier tipo de investigación científica respetable merece mi apoyo, ya no sólo por la curiosidad intrínseca al ser humano pensante (la minoría), sino porque nos aleja de cualquier tipo de dogma y basura de esa clase, no está de más hacerle propaganda a esto.

El otro día un colega me habló del proyecto Folding@Home, para aquellos más humanistas diré que puede ayudar a averiguar las causas, y por lo tanto acercarnos a la solución, de ciertas enfermedades degenerativas que pueden bien tener su causa en el plegamiento erróneo de proteínas. Se puede leer más en la página web del proyecto; y como no, en la “oh, todo poderosa” Wikipedia.

También se puede averiguar más sobre lo que es la computación en paralelo en la Wikipedia. Y aquí hay una lista bastante amplia de los proyectos actuales que utilizan este poderoso método de computación. Entre otros el que más me tienta es el LHC@Home. Otro día (y seguro que en más de una ocasión) hablaré sobre el LHC. En cualquier caso, no está de más aportar algo, aunque sea ciclos de reloj, a la ciencia.

Tan solo eso.

Contra Natura o Contra Él Humano

Publicado en Pensamiento by Nacho en Enero 19th, 2008

La sociedad va contra natura. Entendiendo por sociedad, la sociedad moderna humana. No en el sentido de que no es natural, sino que actúa en contra de sus procedimientos. Sobre todo, en cuanto a la selección natural. Pero tampoco se puede caracterizar la selección natural como una entidad con vida propia, no es sustantiva.

No obstante, la selección natural es un proceso que actúa inexorablemente, a pesar de todo. En los momentos más remotos e inesperados, sobreviene y abraza con fuerza todo aquello que encuentra a su paso, estrujándolo y exprimiéndolo, y tan sólo lo más esencial en la tormentosa situación dada quedará libre de su aniquilación. Tan sólo lo que sea esencialmente superviviente sobrevivirá a ese proceso de colación. En este sentido, vaya o no la sociedad contra natura, quizá no sea beneficiosa.

Trataré de explicarme. Digamos que la sociedad va contra natura, esto es así por lo que sigue: dado que la sociedad, o el conjunto de circunstancias que conforman la entidad abstracta y el constructo socio-histórico y socio-cultural, es decir, la sociedad, permeabilizan los efectos de la naturaleza en la humanidad. En efecto es así, ya que el ser humano, al aislarse de la naturaleza en sus fortalezas y construcciones no permite que la selección natural actúe sobre los individuos de la sociedad. Cualquier individuo de la sociedad puede fornicar y procrear, y la gran mayoría lo hace de hecho. Así la mezcla de genes continúa de forma perenne sin más, no hay actuación sobre los individuos portadores de esos genes, porque la mayoría tienen la posibilidad de reproducirse.

En todo caso actúa la selección sexual. La selección sexual se basa en otros factores que no tienen porque ser beneficiosos en la actuación con el medio de la especie. Valga como ejemplo la belleza de las aves o la sofisticación de su canto para cortejar a las hembras. Simple y llanamente el impacto de estos factores es nulo en cuanto a la supervivencia de la especie en condiciones adversas, incluso podría ser más dañino que beneficioso.

La sociedad ha servido beneficiosamente a la humanidad para que esta se haya impuesto en la cúspide de la cadena alimenticia, en la dominancia del planeta. Pero sus efectos beneficiosos puede que hayan llegado a su fin y de aquí en adelante sean más desastrosos que cualquier otra cosa.

La sociedad moderna, en su exuberancia, ha eliminado cualquier forma de selección natural. Habiendo el humano medio-superado la naturaleza, se halla en una encrucijada, en un trance, en que se ve envuelto por la propia paradoja de la efectividad de la sociedad en el vencimiento, en la dominación de la naturaleza, y a la vez se niega a los beneficios de verse escrutado a las fuerzas que actúan sobre los individuos. Las fuerzas que seleccionan de la sociedad a aquellos más validos de los inútiles.

La exuberancia nos priva del beneficio de la profundización de las fuerzas naturales en las poblaciones. Esta exuberancia nos ofusca y nos engaña, con una magia particular, en que nos sentimos dueños de la naturaleza mediante la técnica. Nos arrastra a pensar que estamos libres de su yugo. De que la hemos dominado, de que la hemos superado.

Pero no, nada más lejos de la realidad. Esta falacia de la sin-razón, está eyaculación emocional, esta percepción virtual no es sino una ilusión. Llegado el momento puede volverse en nuestra contra y atacarnos con saña, hundirnos e incluso destruirnos.

De hecho, ya está sucediendo. ¿O es que a caso los individuos más válidos para postergar la especie devendrían en el modo en que la sociedad lo hace? Forjándose la propia derrota de forma inconsciente, o simplemente no dándose cuenta de su sinsentido devenir. Los individuos más válidos, en nuestra situación actual, eliminarían aquellas afecciones inherentes al propio constructo abstracto que son negativas para el futuro de los propios individuos y de su herencia.

Dejando que la selección natural actuase en pro del propio futuro, se garantizaría que sólo los más validos para postergarnos sobreviviesen.

Sin embargo, esto puede resultar engañoso. La obtusidad con que la selección natural actúa normalmente, no realiza una selección apta para la supervivencia a aquellos acontecimientos que podrían devenir en la muerte de la propia especie.

La selección natural normal es insuficiente, ya que seguiría actuando y seleccionando ciertas aptitudes que no tienen porque ser beneficiosas cara a una selección natural supernormal, es decir, aquella propia de una catástrofe global. El ser humano en libertad, o más bien, libre del sistema social actual, no sería seleccionado positivamente más allá de lo que lo es ya en la estructura social actual.

De hecho, hace falta una auto-selección del ser humano para con el ser humano para que esta sea beneficiosa. Es decir, la selección natural debe dar paso a la selección, exclusivamente, artificial. Por muy rocambolesco que esto resulte, e incluso aparentemente peligroso, no hay otra manera de superar esta encrucijada, este devenir sin rumbo, en el que nos encontramos ahora mismo.

Así pues pasamos de considerar la sociedad como algo funesto, a considerarla como algo beneficioso, o más que beneficioso, necesario. Los organismos sociales tienen la posibilidad de ser autoconscientes, de contener pensamiento. De ser, de poseer el ser, la ontología de la primera persona. La conciencia, esto es, gracias a la sociedad. Nuestra estructura social es la que en gran medida, no, en toda la medida, nos ha permitido ser y pensar (o ser, es decir, pensar en la propia entidad). Esta es una condición necesaria para poder sino dominar, al menos si superar parte de la naturaleza. Aquella que nos liga sin más a la propia selección natural global, y nos permite el desarraigo, a largo plazo, la superación de la sujeción a la debacle cósmica, al menos localmente.

Así que sí, la sociedad va contra natura. Pero en un buen sentido, en el sentido que nos permite equipararnos a la misma. A controlarla y a sobrevivir hasta ciertos límites (aparentemente), a la misma.

Si el ser humano no desea esto, ¿entonces para que intentar superar a la propia naturaleza en un principio desde la propia sociedad? De ahí la deriva sin rumbo, la falta de claridad, el no saber lo que se quiere. La futilidad de la sociedad como es producida contemporáneamente. Va siendo tiempo ya de despertar, no sirve de nada seguir deviniendo y atándonos causalmente a la propia naturaleza. De adoptar la actitud de derrota de ante mano, o ni si quiera eso: la actitud determinista, que ni si quiera es una actitud, simplemente es un acto. El ser humano hoy deviene, no sabe lo que quiere, simplemente deviene sin más. Excepcionalmente, en ocasiones, el ser humano piensa más, y piensa sobre el sentido, entonces busca respuestas, respuestas que se mentafacturan, se intenta responder a ellas metafísicamente, teológicamente o teleológicamente, en cualquier modo: de forma dogmática. O simple y llanamente se derrota uno mismo y acepta la única e cruel verdad: el sinsentido de la existencia. Un pesimismo y derrotismo suele entonces dominar a la persona, una angustia. O por otra parte uno puede intentar adoptar cierta aptitud de sumisión de la voluntad, cierta superación de la misma.

Porque es la voluntad al fin y al cabo la que nos hace soñar y desear, es el querer, pero ante la vista de que no se puede alcanzar lo que se desea, nos invade la angustia y el dolor. Por otra parte existe la mente inquisitiva, la que anhela, puesto que aunque nosotros no somos más que una aberración de la naturaleza, una deriva de los procesos estocásticos o caóticos, hemos superado la primera función inicial del ser: la ventaja adaptativa. Pasamos de ser un animal social cuya mente es tan sólo el producto de la adaptación y la evolución, a estar por encima de la misma. Hemos superado la propia función inicial.

Y así nos hallamos simplemente perdidos, con una mente en un cuerpo, inequívocamente unidos y una producto del otro, en una singularidad. Pero una mente, una autoconciencia, que se pregunta sobre el por qué de las cosas. Y en última instancia se pregunta sobre el por qué del propio ser y de todo lo que es, de la realidad, de lo que es, y por lo tanto existe. En este proceso nos hallamos perdidos, intentando dar respuesta a las cuestiones que nos planteamos que al fin son resumibles a esas dos descritas anteriormente (todas, absolutamente todas las preguntas, se pueden derivar de estas dos preguntas: por qué se es y por qué es; e incluso resumibles a la segunda: por qué es).

Sólo hay dos aptitudes plausibles ante la pregunta: intentar responderla, acercarnos a ella, intentar averiguar la verdad detrás de la realidad o de la apariencia, lo subyacente, el por qué. O simplemente desentenderse de la existencia y eliminar toda voluntad. Sólo en el camino de la búsqueda o en el camino del abandono de la voluntad se supera la propia naturaleza y se sale del estado absurdo de devenir. Todo lo demás es rehuir la verdad.

Encuentro excitante el sinsentido (al menos aparente) de la existencia, y la única forma de hallar la verdad es sin duda pensando. Pero para pensar hay que sobrevivir a la propia naturaleza, y todo esto sólo es posible si se superan las propias limitaciones que nos hemos impuesto mediante el edificio social que hemos construido y no nos permite avanzar. La búsqueda es el motor, sin más aditivos. Con el fin de hallar algo, sea este algo un sentido o un sinsentido es irrelevante. Pero en el momento que esta búsqueda cesase, cesaría el único posible sentido de nuestro ser. Porque en nuestro ser, en nuestro pensamiento, sólo podemos hacer esto, pensar. Y por lo tanto, dado el aparente sinsentido de la realidad, nos construimos el nuestro propio, es decir: la búsqueda misma de la realidad. El propio pensar es el sentido propio nuestro, puesto que cualquier otro sentido es una falacia.

Para seguir pensando entonces, es necesario que eliminemos las limitaciones de la sociedad actual. Aquellas que pueden atentar al propio acto del pensamiento. Estas limitaciones nocivas son aquellas que van en contra de la supervivencia de la especie, y aquellas que van contra la integridad del pensamiento.

El hombre debe así evolucionar y superar estas limitaciones. El primer paso para evolucionar es esta selección. Como hemos concluido que la selección natural es insuficiente y que además la sociedad es necesaria para la supervivencia del yo, la necesidad de la autoselección es obvia.

En la superación de la naturaleza hace falta ser consecuente. Hay que dejar de devenir y hay que marcarse el objetivo: el pensar y la supervivencia a la propia naturaleza. El pensar es el objetivo, puesto que es la propia esencia como ya se ha dicho. Para esto la disociación  de la sociedad actual es imperativa. En esta disociación silenciosa aquellos que piensan deben constituirse a parte de aquellos que no lo hacen. Para aquellos que desean superar en mayor parte su naturaleza animal, o simplemente superar la naturaleza biológica básica, es decir controlarla, aquellos que deseen dejar de actuar determinísticamente. De cesar de cumplimentar sus obligaciones biológicas, como portadores y reproductores simplemente, a pasar a la búsqueda de la verdad, no habrá más remedio que escindirse de la sociedad.

Esta escisión tiene como objetivo la vuelta a empezar, el nuevo comienzo desde el cual será posible una búsqueda más profunda, y la consecución de un objetivo, y no tan sólo una deriva caprichosa de la naturaleza sin finalidad. Dada la falta de finalidad, la finalidad debe ser pues construida por nosotros mismos.

¿Cómo es posible entonces la escisión? Este constructo que llamamos sociedad parece haber tomado vida y conciencia propia. Es un leviatán en que todos surcamos la vida. Un monstruo con vida propia que nos domina, una entidad que parece existir realmente y de la que cual formamos parte. Somos las entrañas del leviatán, de ese macro-organismo abstracto que llamamos sociedad, y al que dotamos de vida propia. Creemos formar parte de este leviatán monstruoso inevitablemente, de simplemente ser una célula más de su cuerpo, que trabaja para y por el organismo, que debe hacerlo, es el deber. Formar parte del monstruo es el deber, no hay escapatoria.

Muchos problemas se han derivado de esto, de dotar a la sociedad de vida. Para nosotros es un objeto real, una entidad que se mueve, y de la cual tan sólo somos una parte más que en nada puede afectar al organismo. Así nos replicamos, cual célula y cuando morimos esta replica nuestra nos suplantará. Está seguirá cumpliendo su papel en la sociedad, sin más remedio, y se volverá a replicar. Así hasta el fin de los tiempos. Si una célula es corrupta será aplacada y eliminada, y posteriormente otra sana ocupará su lugar. Pero el leviatán no es más que una mentira, una ilusión creada por nuestras mentes y por nuestra propia naturaleza. La sociedad parece competir con la naturaleza pero tan sólo es un subterfugio de la misma, un engaño mediante el cual se nos conduce a la consecución natural: nacimiento-reproducción-muerte. Este es el plan cósmico, aparentemente al menos. En cambio, si nos damos cuenta de la posibilidad de la construcción del propio fin: del pensamiento como fin, de la búsqueda infinita como inalcanzable fin, habremos dado un sentido que no sea el del capricho natural.

Así pues la escisión debe ser como un cáncer dentro del propio leviatán, un grupo de células corruptas que se propaguen incansablemente hasta corromper hasta tal punto al leviatán de aniquilarlo. Su muerte es el primer paso.

Esto presupone que todo ser humano es capaz de alcanzar este fin. ¿Pero es esto cierto después de todo? ¿Puede todo ser humano ser corrompido? La historia del leviatán y de las células subyacentes parece indicar que no.

A este respecto soy pesimista, y parece inevitable la mayoría de los humanos-animales por encima de los humanos que superen la propia naturaleza animal. Si es este el caso entonces la escisión debería ser más parecida al nacimiento de una nueva criatura que a un cáncer. Dentro del leviatán se debería gestar, por una concepción propia, un nuevo ser, que sea parido del mismo, y tome independencia. Esta cría debe entonces renegar de su propia madre corrupta y emprender su propio camino.

Debemos olvidarnos de la sociedad como una entidad con vida propia e insuperable, hay que progresar y rebasar esta concepción, y ser participes que desde el propio individuo se puede cambiar a esta entidad. O más bien, dada la naturalidad del hombre común, crear una nueva sociedad.

Es en el individuo pues, donde nos hemos de centrar, ha de ser este el principio y el fin. No la sociedad, la sociedad tan sólo es la herramienta, no la directriz y mucho menos el fin. Aquellos que piensan han de separarse, y aunarse, para superar la sociedad actual y crear una sociedad a parte de la misma. Una sociedad que vaya contra natura, pero no contra él. Si seguimos en esta sociedad seguiremos sin hallar un camino válido, seguiremos errando sin objetivo, o negándonos la verdad o el conocimiento de la misma, la aspiración a la misma. Tan sólo mentiras y más mentiras. Para seguir en esta sociedad, más vale aceptar la sumisión de la voluntad.